Tomada de Flickr.com

Por: Alejandro Laverde Ríos

al_laver16@hotmail.com

En la calle 52 con carrera 13, arriba de la avenida caracas, se encuentran ubicadas las Residencias Viena, propiedad de Don Guillermo Zapata, quien hace 30 años y en busca de su independencia económica decidió aventurarse a crear un negocio al cual pocos le apostaban, pero que hasta el día de hoy le ha permitido vivir cómodamente, pagar la carrera universitaria de sus dos hijos y ofrecer trabajo a mas de diez personas que dependen también de cobrar por un momento de intimidad.

El mismo Don Guillermo describe sus residencias como “de bajo perfil”, pues una habitación sencilla por el “rato” (término muy común que generalmente hace alusión a cuatro horas) cuesta 13 mil pesos. No hay jacuzzi y la entrada, como la de muchos de estos sitios, está adornada por un pequeño jardín de plantas pequeñas pero robustas que tal vez camuflan a quienes entran y salen de allí. También hay servicio de “amanecida”, que hace referencia a un turno de más o menos 12 horas y cuesta 18 mil pesos.

El lugar consta de 4 pisos. En el primero, está la recepción y hay aproximadamente 15 habitaciones que no son precisamente para alquilar por ratos sino que están arrendadas a 15 mujeres que dedican su vida a la prostitución, pero que por orden estricta de Don Guillermo, lo hacen fuera del lugar, cada una en su sitio trabajo.

En el segundo piso se encuentran las habitaciones que si se alquilan, ya sean para rato a amanecida. En el tercero, más habitaciones pero para una estadía más extensa, es decir, la tarifa sube a 25 mil pesos diarios y se tiene disposición de la habitación las 24 horas del día.

Finalmente, en el cuarto piso, encontramos un pequeño apartamento en el cual vive Mayra, que según Yolanda, su compañera de trabajo, y en medio de risas, la califica como socia del negocio.

Ya en la habitación, los colores predominantes son el amarillo quemado, el rojo y el verde. Una lámpara de porcelana blanca, sostenida por dos ángeles, ilumina el lugar con una luz muy tenue que no produce una sensación nada acogedora. La colcha es gris forrada de un frío plástico impermeable de color rojo, las sábanas color crema y una cobija algo áspera con grandes flores de colores vivos. Puedo imaginarme que aunque probablemente laven todos los tendidos como en un hotel normal, la certeza de que alguien copuló ahí mismo lo cambia todo.

Al lado de la cama hay una mesa de noche con un dispensador de papel, un teléfono antiguo de disco para comunicarse con la recepción y un radio muy antiguo que no sirve para nada pero que se cuida con recelo, hasta el punto de estar incrustado en una cajuela de madera que lo protege. El baño maneja tonos grises y vinotintos. El resto es lo mismo: jabón chiquito y toallas blancas.

Si desea una grabadora o una cobija adicional solo es que se la pida a Mayra o Yolanda, empleadas del lugar que llevan más de 18 años a su servicio.

En la pared hay un televisor encerrado en un soporte de metal, el cual carece de canal porno y de buena señal.

Por su particular ubicación, la clientela del sitio es demasiado diversa, pues en primer lugar, está ubicada en una zona de tolerancia como lo es Chapinero y además, está rodeada de gran cantidad de bares gay, entre ellos, uno de los más famosos del medio Teatrón. Dice Mayra que las residencias pasaron de ser un lugar heterosexual a un espacio abierto para cualquier tipo de parejas y que aunque aún no se adapta del todo a ver cierto tipo de situaciones homosexuales, su trabajo le ha ayudado a abrir su mente y aceptar la diversidad sexual que caracteriza el sector. “Hay días en los que ésto se llena y no hay una sola pareja “hetero”, todo está ocupado por parejas de gay”, afirma Mayra.

En otro plano de la historia, se encuentra Catalina, una de las niñas que vive en el primer piso de las Residencias Viena. Catalina no es su verdadero nombre; simplemente lo usa porque le gusta. Contar con su colaboración para este reportaje no fue nada fácil, pero accedió a contarnos parte de su historia argumentando que ella también estudia y que le gustaría que le colaboraran cuando tuviese un trabajo que dependiera no solo de ella.

Hace un año y un par de meses se vino de Manizales para Bogotá a vivir con una tía que vive en un barrio al sur, y se puso a buscar trabajo. No fue nada fácil y mientras más pasaba el tiempo, la situación se ponía más tensa. Un día vio en el periódico un aviso que solicitaba relacionistas públicas bien presentadas y decidió presentarse. La recibió un hombre que le explicó de qué se trataba el trabajo, pero a medida que avanzaba, sentía que no era lo que esperaba. La oferta era clara: trabajar como prostituta en un exclusivo bar del norte de Bogotá, trabajo que según el hombre le daría lo suficiente para dejar de vivir con su tía, comenzar a estudiar y darse lujos que ahora no tenía.

Catalina después de dos semanas de pensarlo, aceptó.

Lleva casi un año con su trabajo y manifiesta que lo más duro de todo es no poder tener una vida sentimental, porque no quiere que ningún hombre con los que ha estado, tal vez la reconozca en la calle un día que salga a pasear con su novio. Reveló que presta máximo cuatro servicios diarios pues prefiere no abusar de su cuerpo y que de esta manera en un buen mes se puede ganar hasta 3 millones de pesos.

Claro que esto no es color de rosa y muchas veces piensa en dejar este trabajo y se siente cansada física y sicológicamente. “No voy a negar que es muy duro”, afirma Catalina con la voz algo quebrada pero con su frente en alto.

Piensa que este es solo un trabajo temporal, que está joven y piensa en ciertas prioridades como tener ahorros, dinero, ciertas cosas y poder estudiar.

En conclusión, no es la fachada, ni el aspecto ni la historia del lugar lo que se debe buscar a la hora de decidir entrar a un sitio de estos, es solo creer que se está en el sitio ideal con la persona ideal..... el resto, viene por añadidura!!!

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